LISBOA

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Lisboa es una de las capitales más bonitas de Europa. Una ciudad que lo tiene todo. Es monumental, literaria, artística y cosmopolita. Clásica pero llena de vida. Una ciudad moderna y amable. Por si esto fuera poco, ofrece a los fotógrafos una luz muy especial.

Allí viven unos buenos amigos: João Borges, Henrique y Susana Marques, Maria Carlos y Sergio Quaresma.

Curiosidades

El nombre de Lisboa viene de los fenicios, que la llamaban Olissipo. En su lengua significaba «Puerto seguro» y esto no es de extrañar porque la ciudad tiene una localización privilegiada en el estuario del río Tajo. Es una de las ciudades más antiguas de Europa, fue fundada hace 3000 años.

Su centro está asentado sobre siete colinas. Por lo tanto el visitante se va a encontrar con numerosas cuestas, subidas y bajadas. Una de las señas de identidad de Lisboa son sus peculiares tranvías amarillos del siglo pasado que trepan por cuestas empinadas y serpentean por calles muy estrechas.

Lo único que sobran en Lisboa son los turistas, pero siendo un lugar tan atractivo es inevitable que cada vez haya más gente.

Es una ciudad ideal para dejarse llevar por su ritmo, te aconsejo que la recorras a pie o en tranvía. El 28 es el más famoso porque circula por el centro histórico. Tiene el inconveniente de que hay momentos en que está abarrotado de turistas y más que un tranvía parece una lata de sardinas. Sale de Martim Moniz hacia el monasterio de San Vicente de Fora. Recorre el barrio de Alfama y muchas de las calles y plazas más pintorescas de Lisboa como Rua das Escolas Gerais o el Largo das Portas do Sol.

Otra perspectiva muy interesante es admirar Lisboa desde el Tajo. Hay barcos que parten desde el Terreiro do Paço, atraviesan a la otra orilla y después se dirigen hacia Belem para regresar finalmente al punto de partida.

Una vez que hayas visitado el centro de Lisboa y te hayas acercado a Belém, es aconsejable desplazarse hasta la ciudad de Sintra que fue la residencia de asueto de los monarcas y de la aristocracia portuguesa. Está llena de palacios, mansiones y castillos rodeados por frondosos parques.

Muy cerca se encuentran dos lugares muy interesantes que la gente se olvida de visitar: el monasterio-palacio de Mafra y ya próximo a Lisboa no te puedes perder un magnífico palacio real barroco, el Palacio Nacional de Queluz.

Palacio Nacional de Mafra

Se trata del monumento más grandioso e importante del barroco de Portugal. Fue construido por el rey João V, el más extravagante de los monarcas portugueses, que prometió fundar un monasterio y una basílica si su mujer María de Austria le daba un heredero. En aquella época siempre se echaba la culpa de la infertilidad a las mujeres. Quizás en este caso fuera así porque Dom João V, como todo monarca de la época que se preciase, tuvo muchos hijos ilegítimos.

La obra comenzó en 1717. En principio iba a ser una modesta residencia para 13 frailes, pero empezó a llegar oro desde Brasil y el rey y su arquitecto no repararon en gastos. Se emplearon 53.000 hombres y el resultado fue el Real Convento de Mafra que podía acoger más de 300 monjes. Es una especie de El Escorial portugués. También es un Palacio Real y posee una de las bibliotecas mejores del mundo decorada con mármoles, maderas exóticas y numerosas obras de arte.

A pesar de todas estas maravillas, el palacio nunca gozó del favor de la familia real. Es comprensible. En aquellos tiempos no existían Netflix, internet, redes sociales, play-stations y todas esas cosas que entretienen hoy a la gente. Los únicos que iban al Palacio de Mafra eran los entusiastas de la caza, que tenían a su disposición una reserva llena de venados y jabalíes. Hay una curiosa estancia, la Sala de Caça, que está decorada con trofeos cinegéticos y tiene numerosos muebles de dudoso gusto construidos con astas de venados y cabezas de jabalí.

Cuando Napoleón invadió la Península Ibérica en 1807, la familia real huyó a Brasil. Se llevó los muebles y las obras de arte más valiosas. El monasterio quedó vacío en 1834 por culpa de la desamortización de las órdenes religiosas. Finalmente fue abandonado en 1910 cuando el último rey de Portugal Manuel II, que se había refugiado en el palacio de Mafra, escapó a Gibraltar a bordo de su yate, que lo esperaba en las playas de Ericeira. Manuel II fue un rey breve, le tocó reinar de rebote, cuando asesinaron un par de años antes a su padre el rey Carlos I y a su hermano el Príncipe Real Luís Filipe en el Terreiro do Paço, la famosa plaza de Lisboa.

Es interesante visitar la enfermería donde hay unas camas para unos 16 enfermos que podían oír misa desde sus lechos. Seguramente formaba parte de la terapia de la época. Se accede por la farmacia, que está provista de numerosos morteros y antiguos tarros de cerámica para guardar los medicamentos que hacían los monjes con hierbas.

Los aposentos del rey están en un extremo del edificio y los de la reina en el otro. Están separados por una distancia de 232 metros. Un buen método para garantizar la paz conyugal.

Pero la joya de la corona en Mafra es su impresionante y magnífica Biblioteca. Cuenta con más de 50.000 libros encuadernados en piel con incrustaciones de oro. Una de las piezas más valiosas es una primera edición de Os Lusíadas del año 1572, la obra más famosa del gran poeta Luís de Camões. La biblioteca tiene unos curiosos guardianes que protegen y ayudan a conservar los libros: numerosos murciélagos que devoran todas las polillas que se comerían los libros.

Este palacio tiene algunas leyendas. La más popular relata que posee siete galerías subterráneas, de las cuales 3 son accesibles y el resto están selladas porque se encuentran infestadas de ratas desde los tiempos de la Peste Negra. Estos roedores, hace muchas generaciones que perdieron la vista y son albinos. Tienen un tamaño enorme, son más grandes que conejos y además son muy agresivos y caníbales. Los monjes debían proveerles de alimentos regularmente para impedir que salgan a la superficie.

Saramago se inspiró en el Palacio de Mafra para escribir uno de sus primeros éxitos literarios, “Memorial del convento”.

Después de escuchar esta leyenda de subterráneos y de ratas antropófagas, apetece respirar aire puro. Hay cerca muchos lugares donde acudir como la hermosa Praia do Guincho, que se encuentra dentro del parque nacional de Serra de Sintra. Es un paraíso para los surfistas, no faltan ni enormes olas ni viento.

Otro lugar que merece la pena visitar es el Cabo da Roca, el lugar más occidental de Europa. Los acantilados de más de 100 metros de altura están coronados por un gran faro. Pero ten mucho cuidado con esa costumbre que tiene la gente de hacerse selfies. En 2014 un matrimonio polaco se precipitó al abismo delante de sus dos hijos de corta edad por querer hacerse unos selfies al borde del precipicio. Los aterrorizados niños fueron testigos de como a sus padres se los tragaba el abismo.

La opción menos peligrosa es comer una buena mariscada en uno de los restaurantes que abundan por la zona de Colares | Azenhas do Mar.

Palacio de Queluz

Llegando casi a Lisboa hay que detenerse en el “Versalles Portugués”, el Palacio Real de Queluz. Aunque no es tan grande como el de Versalles, es una joya. Un precioso palacio rococó.

En 1747, Pedro, el hijo menor de João V, transformó su pabellón de caza en un palacio de verano de estilo rococó. Tras la boda de Pedro III en 1760 con su sobrina, la futura reina Maria I, hubo que ampliar el palacio y llamaron al arquitecto francés Jean Baptiste Robillion, que añadió el pabellón del mismo nombre y los jardines.

El palacio tenía un claro fin lúdico, en la sala dos Embaixadores el rey concedía audiencias y se celebraban conciertos. Los jardines franceses se encontraban decorados con numerosas estatuas, fuentes y setos y desde allí los invitados podían escuchar los conciertos celebrados en el salón de música. En esta estancia se interpretaban óperas y conciertos a cargo de la orquesta de la reina María I, que era considerada la mejor orquesta de Europa. Esta reina era la hija mayor de José I y desde que se casó con su tío Pedro vivió en Queluz. La mujer padecía episodios de melancolía cada vez más graves y cuando su hijo José murió de viruela, la reina perdió la razón. Los huéspedes del palacio se despertaban angustiados cuando oían sus gritos atroces cada vez que sufría alucinaciones.

La habitación más pintoresca es la Cámara de Don Quijote. Se trata del dormitorio real. Aquí nació y murió Pedro I de Brasil y IV de Portugal. Es una estancia decorada con maderas exóticas y en sus paredes hay pintados 18 frescos que narran las tribulaciones y aventuras de Don Quijote y Sancho.

Muchos reyes de Portugal fueron peculiares, pero el que se lleva la palma es uno que nació en esta habitación, Don Pedro d’Alcântara de Bragança, Emperador de Brasil y Rey de Portugal. Tuvo una vida que comenzó y terminó en Queluz. Es muy difícil encontrar una existencia tan breve y políticamente tan intensa como la del Duque de Bragança. Fue emperador a la brasileña, mitad don Juan y mitad don Quijote. Vivió intensamente en Brasil y murió en Queluz de tuberculosis a los 36 años. Se dice que tuvo 100 hijos, aunque él “sólo” reconoció 12. Era un apasionado de las mujeres, de los caballos y de la política y a pesar de pertenecer a la realeza luchó por unos ideales liberales.

Si quieres saber más sobre su vida te recomiendo que leas “El Imperio eres tú”, escrito por Javier Moro, Premio Planeta 2011. Te va a enganchar.

Otro libro que puedes leer durante tu visita en Lisboa es “Sostiene Pereira”, ambientada en la Lisboa del dictador Oliveira Salazar, escrita por el italiano Antonio Tabucchi. Ha sido llevada al cine por el director Roberto Faenza y Marcello Mastroianni interpretó el papel principal.

Y para finalizar, una buena película de principios de los 80 que se desarrolla en Lisboa, “Dans la Ville blanche” del director de cine helvético Alain Tanner. El argumento trata sobre un triángulo amoroso. Un marino suizo decide abandonar el barco al llegar a Lisboa para escapar del ruidoso cuarto de máquinas del buque y se dedica a vagar por la ciudad. Desde Lisboa, el marino filma la ciudad y escribe cartas a su novia en las que le describe la luminosidad de la ciudad, la soledad y el silencio. Lisboa pone un contrapunto a su reciente vida anterior. Es una película deliciosa y emocional.

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